Rebekah Kiser no había tenido nunca una relación directa con el mundo de la Cooperación. Había trabajado anteriormente con mujeres de Estados Unidos, pero en realidad se había dedicado toda su vida a la venta de cosméticos de una conocida marca americana en su ciudad natal, Colorado Springs. Sin embargo, en 2004, en un viaje de turismo a Etiopía su vida cambió para siempre.
El guía turístico que la acompañaba le habló de la fístula obstétrica, una dolencia que sufría su hermana, y le pidió ayuda, ya que no conseguía un médico para ella. También le contó que era un problema que afectaba a miles de mujeres en Etiopía. En realidad, según la Organización Mundial de la Salud, la cifra se eleva a dos millones de mujeres en todo el mundo. “Cuando vine a Etiopía la primera vez, de vacaciones, no sabía qué era la fístula”, cuenta Rebekah Kiser siempre al comenzar su historia.
Esta lesión podría evitarse si las mujeres dispusieran de las atenciones médicas necesarias, pero carecen de ellas. Como consecuencia, pierden a los bebés en el parto y su vida se convierte en una pesadilla, ya que sufren incontinencia crónica, es decir, la incapacidad de controlar la expulsión de orina y/o las heces del cuerpo. Rebekah Kiser lo desconocía, porque en los países más avanzados, la fístula prácticamente no existe y los pocos casos que se dan obtienen solución con una rápida y sencilla operación quirúrgica.
Cuando conoció esta terrible realidad, Rebekah decidió que tenía que hacer algo por ayudar a los cientos de mujeres que “llegaban a la ciudad sin saber leer ni escribir, abandonadas a su suerte y que acaban tiradas en las aceras”. Para ello fundó Trampled Rose, una organización sin ánimo de lucro que acoge a mujeres y jóvenes abandonadas a su suerte y olvidadas por padecer fístula. La institución les ofrece acogida y atención para su recuperación física y psicológica.
|