URMI BASU
CONTRA LA EXPLOTACIÓN SEXUAL EN CALCUTA

Urmi Basu, que nació en el seno de una próspera familia bengalí, nunca había estado en los llamados “barrios rojos” de Calcuta. La primera vez que se adentró en las lóbregas y serpenteantes callejuelas de uno de estos distritos, y descubrió las terribles condiciones en que se desempeñaban las trabajadoras sexuales, se dijo que no podía permanecer indiferente. Lo que más la conmovió fue ver cómo los hijos de estas mujeres vagaban solos por el barrio, en medio de la noche, mientras sus madres se prostituían.

A partir de ese momento comenzó a volver regularmente a Kalighat. Conoció a ancianas que llevaban allí todas sus vidas, que habían sido traficadas siendo apenas niñas, y que nunca habían salido de las fronteras del barrio de míseras casas en que ejercían la prostitución. Tras ganarse su confianza, comenzó a organizarlas, y creó un primer centro de acogida, llamado “New Light”. Una nueva luz en medio de la oscuridad de la explotación y el estigma social, en el que los hijos de estas mujeres podían pasar la noche, recibir comida y educación. Una forma de garantizar, en especial para las niñas, que no seguirán los pasos de sus madres, que encontrarán puertas abiertas para salir de esa realidad.

Cuando recién estaba comenzando su labor, tuvo lugar un terrible accidente: Soma, un bebé de pocos meses de edad, se quemó mientras su madre había salido a atender a un cliente. Una vela se cayó sobre su cuna en la miserable chabola en que vivían produciéndole quemaduras en un 70% del cuerpo. A pesar de todo, la pequeña logró sobrevivir. “Si ella había tenido el valor para superar tanto sufrimiento, yo no podía más que seguir su ejemplo”, dice Urmi.

Hoy, New Light cuenta con tres sedes más. Y Urmi se ha convertido en un referente en la lucha contra el tráfico de mujeres en su país. El último centro que abrió, para acoger a jóvenes en riesgo de ser prostituidas, se llama Soma, ya que la pequeña, que había quedado desfigurada a causa del fuego, falleció dos años más tarde.



     
 

La India es uno de los principales receptores de tráfico de mujeres del mundo. Niñas de entre 11 y 14 años de edad, en más de un 60%, que son arrancadas de sus paupérrimas aldeas en Bangladesh y Nepal con la promesa de un empleo digno, o por el mero pago de una cantidad a sus familiares, y que terminan en burdeles de Bombay, Nueva Delhi o Calcuta. A nivel planetario, este negocio mueve más de 27 mil millones de euros cada año.

 
     
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